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Tonelero

Texto: Arminda Paz. Experta en duelas y duelos.
Fotografías: Sergio Escrivá. Fotógrafo de biológicas y oxidativas. 

Si nunca has olido una tonelería, deberías hacerlo. Cada vez te será más difícil dar con una que huela a lo que debe, a maderita quemada, a humito; que suene como corresponde, a martillitos, taladrándote el cerebro mientras intentas comprender el ambiente. La textura del aire será amaderada, de hollín, de serrín, de polvo. Si nunca has olido una tonelería de verdad, corre, búscala, déjate llevar. Y acuérdate de que el vino tienes que ponerlo tú.

Cuántas veces has visto uno de esos cuadros de época, de barcos, de cargueros veleros al lado de los cuales se apilan un montón de barriles preparados para dar la vuelta al océano infinito. Si adoleces de economista harás cuentas de lo poco que debían cobrar los toneleros entonces. Si sufres de ingeniero, estarás calculando espacios muertos, cargas y pesos. Si lloras como financiero, darás con el coste del seguro. Si presumes de enólogo con título, querrás que el sulfito haya sido añadido por alguien con máster de postgrado y abjurarás de intrusismo, aunque sea casi medieval. Aunque sea casi medieval pensarlo.

Solo si eres poeta, aunque sea en el sentido amplio de la palabra, querrás llegar al meollo del asunto y presentarte en esa tonelería del siglo XV, con sus señores de manos ásperas aporreando aros y clavos, en una oscuridad de olorcito a quemado, de polvo y serrín. Lo mismo ahí, entonces, ni siquiera tienes que llevar el vino. Habrá un tonelito ‘del gasto’, bien lleno de líquido elemento para vinateros, vino antiguo que ya tampoco podrás beber nunca. Solo si eres poeta podrás al menos imaginarlo. Si tristemente eres cualquier otra cosa más aburrida, te quedarás en el lienzo falso del saloncito de tu abuela o del recibidor del notario.

Pocas quedan, pero alguna hay. Están donde antes había muchas. No imagino una tonelería en el centro de Madrid, quiero decir, ni en Barcelona, Buenos Aires o Santiago de Chile. En un caso habrá un pico turístico, en otro, una asociación vecinal, un sindicato en el siguiente y pronto inaugurarán un mall en el último. Puede que se salve Lisboa, que en eso de la modernidad va lenta, aunque con paso firme.

Las tonelerías antiguas seguirán medio escondidas entre las calles perdidas de los barrios pobres o expulsadas a polígonos industriales poco lustrosos. Sirva como ejemplo esta de Manuel Vargas que te presentamos, con su rock duro haciendo de martinete de Caracol, aún pura. Las que quedan mantendrán su humito de madera quemada, seguirán polvorientas, oscuras y húmedas, atronadoras, con sus martillos gordos y sus lindas sierras bastas.

Larga vida al tonelero artesano.

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